05 abril 2007

¿Referéndum sobre la monarquía? No, gracias: ¡Proceso Constituyente!

En algunas ocasiones, edito artículos de opinión que aunque parezcan que nada tienen que ver con el movimiento transexual en España, en realidad sí lo tienen como ciudadanía española, es por esta razón que edito un artículo de opinión del periodista y escritor Jaume d'Urgell.



Jaume d'Urgell (copyleft) Madrid, marzo de 2007

Un próximo referéndum debería servir para ratificar el texto de una nueva Constitución, una verdadera Carta Magna —no otorgada—, una vuelta a la democracia, perdida en 1939. ¡Basta de reformas continuistas! ¡Ruptura Democrática! ¡Contra la tiranía y la arbitrariedad! El oligarca preguntará "¿Más?", y nosotros responderemos: "¡Vamos a cambiar de base!". El pueblo tiene la palabra.

Del mismo modo que algunos de los mayores incendios tuvieron su origen en una diminuta chispa, los ciudadanos conscientes de nuestra clase estamos a tiempo de impedir que se nos instale una mentira en el ideario republicano. En contra de la opinión de quienes afirman que sería conveniente realizar cuanto antes un referéndum acerca de la continuidad de Juan Carlos, invito a una reflexión más sosegada, a la luz de las consideraciones que a continuación me propongo exponer:

No conviene

La primera razón por la que afirmo que deberíamos oponernos a la idea de celebrar un referéndum para decidir sobre la continuidad del monarquismo, es que no es el momento, no conviene, no estamos preparados para ello. No es derrotismo, es crudeza. Y no es que albergue una falsa estrategia dilatoria, pero no quisiera que la precipitación nos hiciera caer en otro de los engaños urdidos por aquellos que tanto tienen que perder.

Digo que no conviene, porque la opinión pública no se encuentra en condiciones de afrontar semejante cuestión. No estamos en condiciones de emitir un consentimiento libre e informado. El problema no solo es la ausencia de formación, lo grave es que seguimos acusando los efectos de la calculada operación de propaganda y embrutecimiento intelectual al que se nos ha estado sometiendo durante las siete décadas precedentes.

Propaganda y embrutecimiento

La propaganda se encargó en primer lugar de silenciar cualquier forma de conocimiento que resultara incómoda al poder establecido —por las armas—. Tan innoble tarea se llevó a cabo desde los púlpitos y en las aulas; desde lo pelotones de fusilamiento, hasta los grupos de trabajo; desde numerosas redacciones, hasta la elección de los quiosqueros; desde la política de recursos humanos, hasta los más sórdidos delatores de barrio… Corregir la situación creada supondrá asumir la necesidad de hacer un gran esfuerzo en materia de pedagogía democrática, porque como ya dijera el propio Voltaire: "no se puede desear lo que no se conoce". Muchos universitarios no tienen ni idea de lo que es una circunscripción; muy pocos recuerdan siquiera la estructura de la Carta Otorgada en 1978; expresiones como Habæs Corpus continúan sin resultar familiares; ¿cuántos saben qué es una 'lista cerrada' y porque eso convierte a España en un estercolero? ¿…y 'democracia directa', o 'separación de poderes'? ¿Cuántos todavía confunden 'ateismo' y 'laicidad'?

Y en lo tocante al embrutecimiento, el panorama no parece mucho más alentador: hoy Carlos diría que el verdadero opio del pueblo es amorfo y diverso: ya no solo la religión embota contracultura en las indefensas mentes de los hijos de la clase obrera… el Capital ha averiguado nuevas formas de ocio y entretenimiento: conocer detalles sórdidos sobre la vida privada de celebridades de usar y tirar; la cosa esta del fútbol —no alcanzo a describirlo, perdón—, los medios de comunicación de masas —la gente sigue comprando periódicos que llevan tres años informando sobre incuestionables embustes masivos—, el consumismo irracional que nos lleva a 'aparentar' incluso ante nuestro 'yo'… es triste decirlo, pero la gente no está preparada siquiera para responder a un simple "¿Desea usted ser libre?".

Neolenguaje

Y luego están las consecuencias del neolenguaje: esa dichosa manía de acostumbrarnos a otorgar un significado para las palabras, y una vez fijada la idea original, alterar maliciosamente su acepción original. Algún día nadie comprenderá este artículo, pero el caso es que en 2007 la ciudadanía seguía creyendo que Juan Carlos les hizo libres; que el Estado democrático y de Derecho —existente antes del golpe militar— era algo terrible, una especie de infierno de muerte y destrucción; les habían hecho creer, que los comunistas desean el mal al prójimo, que los ateos son asesinos, que los Hermanos Masones conspiran contra la Humanidad, que los inmigrantes son responsables del aumento del precio de la vivienda y los índices de criminalidad, que la derecha favorece al proletario…

No conviene preguntar ahora si queremos o no mantener al dictador, la pregunta habrá que hacerla, pero deberá incluir más cosas: deberá servir para ratificar el fin de la preeminencia militar, feudal y arbitraria sobre el poder civil, pacífico y democrático.

No es justo

En efecto, no es justa siquiera la posibilidad de legitimar lo ilegítimo. Lo cierto es que no debería haber mucho que argumentar, porque la misma palabra lo dice: monarquía. Vamos a ver, ¿Cómo va a ser justo decidir renunciar a decidir? ¡Y encima para siempre! ¿Estamos tontos?

Pronunciarse sobre la continuidad de un régimen monárquico, como cualquier otra forma de gobierno despótico, tiránico o dictatorial, sería el equivalente político a plantearse la posibilidad de un suicidio.

Ningún militar debe estar por encima del poder civil

Una de las prerrogativas que definen la potestad de un Estado moderno, es el control sobre el monopolio de la violencia oficial —la dirección de las Fuerzas Armadas—. Conocemos bien los subterfugios verbales esgrimidos por quienes en tiempos de paz tratan de quitar hierro al asunto, pero la verdad incontrovertible, es que en el apartado 'h', del artículo 62, de la Carta Otorgada en 1978, sostiene que el monarca ejerce el "mando supremo de las Fuerzas Armadas". Bien, ¿acaso es necesario cuestionarse si algo así puede ser justo? ¿Es justo que un militar vitalicio y hereditario, designado por un criminal de guerra —y no un cargo electo— se arrogue el "mando supremo de las Fuerzas Armadas"?

No es ético

Estamos ante una consulta cuyo efecto se nos antoja de larga duración, quizá tanta como la esperanza de vida del candidato a suceder al dictador, y es precisamente eso lo que le resta todo valor ético, puesto que no es ético decidir por otros, y otros serían, sin duda, los que durante muchos años tendrían que convivir con la presencia de un sujeto extraño al proceso democrático, justo en la cúspide de la estructura de los poderes públicos.

No sería ético decidir hoy por todas esas generaciones venideras, como tampoco lo fue aceptar el continuismo dictatorial tras producirse el fallecimiento del genocida del Ferrol. Entonces, los profesionales de la política claudicaron ante una mezcla de miedo y codicia… está última sigue intacta, pero el estamento militar de 2007 no registra los índices de fanatismo fascista que registrara en 1978. La demostración de todo esto, la tenemos en el pasado y en el presente: ¿Dónde están hoy la mayor parte de quienes votaron la Carta Otorgada en 1978? ¿Dónde estaba entonces el grueso del electorado actual? Por eso, 2007 o es 1978, y por eso, no es ético hablar de volver a ratificar la arbitrariedad. ¿Queremos más dictadores? ¡La pregunta ofende!

No es actual

¿Tiene sentido pronunciarnos hoy sobre algo que hace tiempo dejó de ser actual? Un monarca es un autócrata, paradigma de lo opuesto a la democracia. El monarquismo no tiene nada que ver con un Estado Democrático de Derecho. No tiene encaje natural en los planes construcción de la futura Unión Europea… y ni siquiera es compatible con la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todos nacemos libres e iguales. Estamos en el Siglo XXI. No sería lógico, pues, realizar una consulta popular sobre algo que
no es actual.

El monarquismo no está, no merece, no puede estar en el debate. Es un anacronismo, una reminiscencia de un pasado, un pasado que nos ofende, un pasado que nos equipara ante la Historia al pasado de las más grandes naciones gobernadas por asesinos.

No hay represión que consiga evitar que toda la Humanidad sepa, a través de los libros de Historia, que las personas trabajadoras de la península Ibérica debieron sufrir durante siglos bajo el influjo de unas pocas familias de extranjeros, incultos, avaros, sociópatas, endogámicos y pésimos estadistas, que reiteradamente se mostraron prestos a flirtear con militares asesinos, con tal de mantener sus privilegios carentes de toda justificación, mediante el sistemático recurso a la represión de su propia ciudadanía. Prueba de ello son los deseos de amnesia cierto partido político —sabedor de su ignominiosa procedencia—, o la circunstancia de que existan leyes que prohíban la libertad de expresar información veraz, como la contenida en este párrafo.

Este es nuestro pasado, y es incambiable. Pero nosotros, el Pueblo, debemos ser los protagonistas de nuestro futuro, a través de la toma del control de nuestro presente. Exijamos actualidad: no podemos aceptar que nos pregunten si queremos seguir siendo súbditos del becario de un dictador, porque todo eso corresponde al pasado. Ahora, nuestra sociedad necesita una verdadera Constitución Democrática, y ésta debe surgir de un proceso constituyente abierto, participativo, consensuado, y respetuoso con los Derechos Humanos y Políticos, individuales y colectivos que asisten a las personas y los pueblos que habitamos en esta parte de la Península que no es Portugal.

No es coherente

¿Por qué realizar un referéndum sobre algo que no es compatible con la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Estudiemos el texto de la propia Carta Otorgada en 1978… no es coherente, ni siquiera consigo misma: no es coherente hablar de Igualdad para, a renglón seguido, introducir un jefe de Estado vitalicio, y hereditario.

No es coherente enunciar que los poderes emanan del pueblo, para, al mismo tiempo, hacer que el máximo militar no esté sujeto a elección. No es coherente. No tiene sentido. Es un falso argumento, explícito, por escrito: una mentira manifiesta.

La cuestión es: ¿vamos a preguntarnos si mantener algo así?

No es democrático

Estrechamente vinculado al apartado anterior: no es democrático legislar sobre lo arbitrario. Pretender elevar la barbarie al rango de Ley, supone un descrédito del resto del ordenamiento jurídico. ¿Cómo entonces plantearnos un referéndum sobre la ausencia de democracia? ¿Es aceptable votar sobre la renuncia permanente a votar? ¿Decides no volver a decidir? No planteo debatir sobre la respuesta a esa pregunta, sino sobre la conveniencia de formularla.

Jugar a su juego supondría una nueva vuelta de tuerca al garrote del falso reformismo… Setenta años, son suficientes para un vulgar golpe de Estado. Necesitamos una ruptura democrática completa, sincera y transparente. Necesitamos democracia. Necesitamos un Estado de Derecho.

La idea misma de celebrar un referéndum sobre la continuidad del monarquismo es un insulto a la razón, puesto que en democracia de verdad, a ese tipo de referéndum se les llama elecciones, y se producen una vez cada cuatro o cinco años.

Imaginad unos comicios presidenciales "para siempre". ¿Os parece razonable? Bien, pues de eso mismo estamos hablando.

No es idóneo

Imaginemos una ficción tal, en la que la Humanidad no hubiera 'descubierto', ni 'inventado' la democracia. En una sociedad así, el monarquismo quizá sería una buena forma de gobierno. Prosigamos con esta fantasía, la pregunta obligada sería: ¿Ocupa el trono la persona más idónea para ello? Dicho sea de otra forma: ¿le parece oportuno que quien ocupa el trono de España, sea la misma persona que cubría las bajas por enfermedad al viejo general traidor? ¿Es Juan Carlos, tras haber presidido en numerosas ocasiones el 'Consejo de Ministros' del dictador Francisco Franco, la persona más indicada para encabezar las Fuerzas Armadas de un Estado que se reclame de democrático y de Derecho?

He leído en alguna parte que el monarquismo tiene algo que ver con conceptos como el honor y la dignidad. ¿Qué dignidad reside en ser cómplice de un dictador? Ved sino cómo actuó el pueblo heleno, ante idéntica situación y por las mismas causas.

No es lo correcto

No, un referéndum sobre el monarquismo no es lo correcto. Lo correcto para una sociedad avanzada, que en pleno 2007 no disponga aún de un sistema democrático, sería abrir un Proceso Constituyente, y restablecer la normalidad institucional cuanto antes, contando con la participación de todos los agentes sociales, partidos, académicos, asesores internacionales y demás formas de encauzar la participación ciudadana

Conclusiones

Plantearnos ahora la posibilidad de hacer un referéndum sobre la continuidad del monarquismo no parece conveniente: no sería justo, ni ético, ni acorde con los tiempos, no sería coherente, ni democrático, ni siquiera idóneo, y mucho menos correcto.

Por todo cuanto antecede, os invito a decir ¿Referéndum sobre la monarquía? No, gracias: ¡Proceso Constituyente!

¡Salud y República!

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