viernes, 21 de julio de 2006

Orgullo trans

El País/Ruth Toledano-.
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Ella se levanta ahora con otra sensación. Ya no es el peso de las sábanas que se pegan como si quisieran tapar algo, las persianas bajadas para que no dañe la luz. Ahora las deja subidas toda la noche y, así, es la propia luz la que la empuja a levantarse de un salto con el que pronto está en marcha al baño y a poner el agua para el café. Acostumbrada desde hace tiempo a sí misma, cada mañana recuerda ahora que va a poder acostumbrarse también a resolver sus asuntos sin angustiosas y desoladoras explicaciones a los demás. Porque los demás son ahora, cuando menos, un millón más que está a su lado al despertar, como se levantaron con ella aquel sábado de julio para celebrar el Día del Orgullo Gay. Era, como en citas anteriores, una celebración del futuro y, por vez primera, era una celebración del pasado, pues se festejaba el primer año de igualdad legal para gays y lesbianas. Fue una manifestación multitudinaria de alegría y, también, de apoyo al Gobierno que ha hecho posible este futuro. Y el suyo, el de ella. Pues este año ha sido el de la aprobación de la Ley de Identidad de Género, que permitirá a tantas personas dejar atrás para siempre ese pasado de angustia y desolación. Este año, el orgullo era trans.

Así que esta mañana ella piensa que podrá ir al aeropuerto y en el momento del embarque no tendrá que pasar por esa violenta situación a la que nunca ha llegado a acostumbrarse, a pesar de que siempre ha mantenido la cabeza muy alta. Pronto su cara, su nombre y sus papeles serán lo mismo, y todo será más fácil para todos. Ella podrá acceder con tranquilidad al avión y el personal de vuelo podrá franquearle tranquilamente el acceso y el resto del pasaje podrá también cumplir con calma los trámites oportunos, sin la absurda necesidad morbosa de ocuparse de otros asuntos que no sean los propios. Sin embargo, todos ellos (el personal de vuelo, sus compañeros de viaje desconocidos) estarán ocupándose, incluso sin saberlo, de lo más importante de su vida, de la de ella. Y aunque de manera inmediata sea ella la principal beneficiaria de esa tranquilidad, serán también los demás quienes se beneficien, porque la paz genera paz como la violencia genera violencia. Con esa calma contagiosa que hará mejor a la sociedad, ella se prepara el café y sonríe porque la gata ni siquiera se ha levantado aún para acompañarla en su trasiego por la casa. También ella, la gata, debe de sentir esa calma que se respira en la casa desde hace semanas.

Cuando, hace un año, el presidente Zapatero intervino en el Congreso tras la votación que aprobó la ley de igualdad para gays y lesbianas, dijo que, a partir de entonces, nuestro país sería más decente. No fue una palabra traída al azar, sino a conciencia. Se ha acusado tantas veces a gays y lesbianas de indecencia que había que poner las palabras en su sitio. Y las puso el presidente del Gobierno. Un año después, gracias a la Ley de Identidad de Género, somos aún más decentes. Porque en España hay un porcentaje de la población que es transexual, una diferencia de carácter genético que hace que sus portadores se sientan pertenecientes al sexo opuesto al de su cuerpo. Ella nació atrapada en un cuerpo de hombre. Se trata de intentar comprender esa rareza, inconcebible para algunos. Y aun en el caso de ser incapaz de concebir tal diferencia, pensar que si las cosas son justas para una minoría discriminada lo serán por definición para uno mismo y para todos. Los que se resisten a comprender irán olvidando con el tiempo su resistencia.

Para cuando quieran darse cuenta, ya lo habrán olvidado por completo, porque las personas afectadas serán mucho más felices y su felicidad traerá también a los preocupados una armoniosa despreocupación.

Por eso he preferido que pasaran unas semanas y se apagara el eco de más de un millón de personas inundando las calles de Madrid para hacer mi particular homenaje a los transexuales en el Año del Orgullo Trans. Porque ahora es cuando la gata de ella no se levanta ya tan pronto por las mañanas, porque ya no ha de estar alerta. Y ella podrá mirarse en el carné plastificado mientras se despeja tomando un café en el sofá. La que vea en la foto será la misma que despertó hace un rato, la misma que verá después en el espejo del baño, la misma que verá el personal de vuelo y el resto del pasaje cuando embarque más tarde en un avión, rumbo a la dignidad.

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