domingo, 11 de diciembre de 2005

La doble batalla de Irina

Extraído de Milenio

Irina Echevarría libra una batalla que sabe perdida contra una enfermedad degenerativa que la postró en una silla de ruedas.


Lo primero que atrae de Irina es su aparente fragilidad. Aparente porque, aunque es incapaz de sostenerse en pie sobre sus piernas, se irguió para comenzar, hace cuatro años, su proceso transgénero. “Nací varón, pero siempre me sentí mujer”.

Sorprende también Nélida Reyes, o Nelly, quien fue su compañera y esposa durante 14 años. Después de un proceso muy doloroso, a raíz de que Irina tomara la decisión de ser mujer, venció sus propios prejuicios y se quedó con ella para apoyarla. Un amor que dejó de ser de pareja, porque como dice Nelly, “ahora somos hermanas”.

Prejuicios cerca de casa

A pesar de que como en todo el mundo, el 10 de diciembre México conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos, Irina ha visto los suyos violentados.

La pesadilla comenzó hace siete años, cuando solicitó a la asamblea vecinal una rampa en su edificio para poder moverse en silla de ruedas. Los vecinos la obligaron a abrir un acceso en el jardín trasero, pegado a su departamento, que pagó con su dinero.

El acceso se convirtió en paso habitual de todo el mundo. Los problemas aumentaron cuando inició su proceso transexual. “Me aventaron excrementos de animales dentro de casa y hasta un gato muerto descompuesto”. Temiendo por su integridad física, en agosto puso una puerta en la rampa para cerrar el acceso.

“Pinche puto. Más vale que te hagas la idea de que te tienes que largar de aquí”, o “marica, te faltan huevos”, son los insultos que soporta Irina desde entonces.

La intolerancia en la unidad habitacional donde vive es un ejemplo de los prejuicios en todo el país.
Según la Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México, realizada este año, 48.4 por ciento de la población no permitiría que en su casa viviera una persona homosexual. La misma encuesta apunta que para 70 por ciento de las personas homosexuales consultadas, la discriminación contra ellas ha aumentado en los últimos cinco años, y 43 por ciento la sufrió este año.

En semejante contexto, Irina, discapacitada físicamente y además persona transgénero, tiene una situación doblemente difícil.

Discriminación institucional


Los vecinos —“manipulando pruebas”, señala Irina— la denunciaron ante la Procuraduría Social por haber colocado la puerta en un acceso público. Pero ella no cejó.

“Levanté una denuncia ante el Ministerio Público contra el ex administrador del edificio, por discriminación”.
Cuando el funcionario de la Fiscalía, Juan Manuel Chao, le pidió su identificación oficial y vio su nombre de varón, “cambió totalmente de actitud”, diciendo que la denuncia no procedía por falta de pruebas. Irina denunció entonces a Chao ante la Secretaría de Servidores Públicos.

Además, también lleva un proceso ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), donde rechazó una conciliación en que sus agresores exigían un examen pericial psicológico “para determinar si mi transexualidad es verdadera o tengo alguna enfermedad patológica por la que yo me autodiscriminé y los culpé a ellos”.

Letra muerta
Desde 1998, el Código Penal del Distrito Federal tipifica la discriminación en el artículo 206. Pero “la ley es letra muerta”, afirma Arturo Díaz Betancourt, de la Comisión Ciudadana Contra los Crímenes de Odio por Homofobia.

“Desde esa reforma, ninguna de las denuncias por discriminación ha salido adelante”, sostiene Betancourt, debido a los largos y complicados procesos.
Actualmente, sólo cuatro estados, además del Distrito Federal, tipifican por ley la discriminación con base en las preferencias sexuales: Chiapas, Veracruz, Aguascalientes y Colima.

Mientras Betancourt habla de “una crisis del sistema de justicia mexicano”, Ricardo Hernández Forcada, de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, reconoce que el prejuicio homofóbico puede condicionar al servidor público para que “realice actos discriminatorios o niegue derechos legítimos” contenidos en la Constitución y en la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación.

La esperanza nunca muere
En favor de Irina está su actitud combativa ante la vida, ligada a su militancia política en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Gracias a su perseverancia, los medios de comunicación hicieron público su caso,
“y como por arte de magia”, comenta con cierta ironía, algunas autoridades también se interesaron, como la procuradora social, Magdalena Gómez, y la subprocuradora de Derechos Humanos de la Procuraduría General de Justicia del DF, Margarita Espino.

Irina logró apoyo oficial a sus denuncias y a su reivindicación de que en las actas figurara su nombre de mujer y no el masculino, que aparece repetidamente en todos los documentos a los que Cimacnoticias ha tenido acceso.

El procurador capitalino, Bernardo Bátiz, también se reunió con Irina y, “mostrándose muy sensible, se comprometió a seguir con lupa” las dos denuncias interpuestas contra su vecino y el funcionario.

Irina ahora tiene más esperanzas, y busca testigos y pruebas para el juicio contra Chao.
“Espero que el procurador Bátiz sea mi testigo, porque ahora sólo tengo a Nelly”.

Homofobia arraigada

La homofobia es un sentimiento incrustado en la sociedad mexicana, denuncia Betancourt “que tiene que ver con la construcción hegemónica masculina.
Todo lo que no cumpla con el rol masculino es cuestión de persecución, ya sea lesbiana, homosexual o transgénero”.

Elegir ser mujer es para Irina otro vértice de discriminación: “Renuncié al dudoso privilegio de ser un hombre y bajé de categoría social. En este país, a las mujeres las golpean, agraden, insultan y matan por razón de su sexo”.

El miedo a la diversidad está también arraigado entre la juventud mexicana, a la que le corresponde liderar la transformación hacia una sociedad más abierta y plural.
Así, 71 por ciento de las y los jóvenes no apoyaría los derechos homosexuales, según la Encuesta Nacional de Juventud del año 2000.

Crímenes de odio


“Me niego a ser una cifra más de las estadísticas del odio”, dice Irina. Y es que, aunque no existen datos oficiales, un informe de la Comisión Ciudadana contabilizó en México, mediante de datos aparecidos en prensa, 867 crímenes por homofobia en los últimos ocho años.

“Tres personas homosexuales, transexuales o lesbianas mueren al mes en nuestro país. Se calcula que por cada tres casos, como mínimo, hay tres más que no son visibles”, indica Betancourt.

Irina, quien además ha perdido a su familia y a casi todos sus amigos, ha pensado en huir de la intolerancia a través del exilio político.

La autoexpulsión forzosa no es inusual.
Según el Conapred, entre 1994 y 1998 la Comisión Internacional para los Derechos Humanos de Lesbianas y Gays, con sede en San Francisco, recibió 116 peticiones de mexicanos homosexuales que solicitaban asilo político. Además, un hombre gay mexicano fue el primero en obtener asilo político en los Estados Unidos.

Pero Irina se quedará hasta que la enfermedad se lo permita: “el tiempo que me queda quiero vivirlo pleno y verme como mujer”.

Requiere 130 mil dólares para operarse y verse como mujer. No sabe cómo conseguir el dinero.

“El procurador Bátiz me dijo que haría una colecta en la Procuraduría”. Pero, sin duda, lo más difícil será transformar la mentalidad de una sociedad que se niega a aceptar la diversidad.


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